La Cura del Amor

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Si nos detenemos a pensar en los padecimientos que la facción femenina ha tenido que soportar en todo el mundo, es casi un milagro que todavía queden mujeres capaces de amar.

El mal de amores del mundo es consecuencia de una guerra milenaria, de una sucesión de crueldades inimaginables cometidas en nombre de la autoridad patriarcal sobre la sociedad en general y muy especialmente sobre las mujeres. Todos llevamos este trauma colectivo como herencia genética en nuestras células; todos seguimos las informaciones inconscientes del miedo y la violencia. Para instituir su poder a través de la Iglesia y el Estado, el mundo patriarcal tuvo que reprimir la sexualidad y someter a la mujer a los mandamientos del dominio masculino. La obediencia de la mujer pasó a ser una condición de la potencia masculina, y el sexo y el poder se unieron inextricablemente. Las mujeres que no obedecían eran castigadas o suprimidas, como Hipatia de Alejandría. El poder masculino sobre la mujer adoptó en muchos países formas inconcebibles. En el año 1487, en plena Edad Media se publica el Martillo de las Brujas, un manual para exterminar a las mujeres y dejar con vida sólo aquellas necesarias para servir el fin meramente reproductivo. El libro fue escrito por dos monjes y no tardó en convertirse en el segundo libro más leído en Alemania, después de la Biblia. Es un dato que hay que recalcar, porque resulta difícil de creer. Tras su difusión, las mujeres que llamaban la atención por su atractivo, su carácter particular o su valentía eran tachadas de brujas y quemadas vivas. ¡Quemadas vivas!

Si nos detenemos a pensar en los padecimientos que la facción femenina ha tenido que soportar en todo el mundo, es casi un milagro que todavía queden mujeres capaces de amar. Es un tema muy profundo y querría agradecerle al género femenino en este punto. En la mitad femenina del ser humano debe de habitar un corazón extraordinariamente estable y fiel: fiel a una mitad masculina que durante milenios la ha oprimido y maltratado. ¡Qué disparate! La humanidad ha obstruido así la fuente innata de su felicidad, destruyéndose a sí misma. Generación tras generación, a lo largo de los siglos, el hombre ha legado a sus descendientes un montón de falsa propaganda para demonizar la carne, castigar a los niños y quemar vivas a las brujas. Aquello que originariamente nos fue legado para el amor y la alegría ha sido proscrito y perseguido, y la humanidad ha comenzado de este modo a odiar lo que en antaño había amado. Hoy día aún adolece nuestra cultura de esta perversión de valores. El pecado original del ser humano no es el deseo de la carne sino su represión. Desde el día en que el deseo de la carne se asimiló a la perversión y comenzó a erradicarse del modo más brutal, la verdad ya no ha tenido cabida en la sociedad.

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