Me gusta ser una mujer

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Cuando hable a continuación en primera persona, estoy resumiendo la voz histórica de muchas de las mujeres.

Veo en ella un conocimiento femenino, que se ha desarrollado durante siglos y que se combatió durante siglos y se ha vuelto a formar de nuevo en la época actual y se ha reunido en una nueva fuerza creadora de campos. Intento formular algo que he vuelto a encontrar en muchas mujeres, en sus deseos, en sus miedos, en sus carencias y en sus más profundos anhelos. Lo que aquí se dice, seguro que no afecta a todas las mujeres. Intento esbozar un arquetipo femenino, que en este momento creador de campos pudiera inducir a un proceso de curación social, pues está en conexión con los procesos de curación universal.

Soy una mujer. Estoy agradecida porque me gusta ser una mujer”.
Sólo esta declaración expresada con completa sinceridad, exige un cambio básico en el concepto del mundo de la mujer y volver a considerar sus bellas y verdaderas fuentes. Exige pasos para la liberación del corsé social, en el que desde hace miles de años se me forzaron las imágenes, que no se corresponden con mi verdadera fuente de vida universal. En la historia de la religión la caída histórica, que me ha robado mi fuente femenina original de conocimiento, se expresa por medio del pecado original hereditario. Como todas las mujeres son descendientes de Eva, todo el sexo femenino tuvo que haber pecado con ella. Tertuliano, uno de los primeros Padres de la Iglesia, le dice al sexo femenino: “… por consiguiente, tu culpa también tiene que continuar viviendo. Eres tú quien ha abierto la puerta a la maldad… tu eres la primera que no ha respetado la ley divina, tú eres también, quien ha seducido, a aquel al que el mismo diablo era incapaz de acercarse. Así de fácil has derribado al hombre, que era la fiel imagen de Dios. Por tu culpa, es decir, en aras de la muerte, también tuvo que morir el hijo de Dios.”
Se olvidó de que había mitos de la creación en torno a Eva mucho más antiguos. Eva significaba originalmente “madre de todo lo vivo”. Muchos pueblos antiguos veían a la diosa y a la serpiente como a los padres originales. Las imágenes religiosas muestran a Eva, regalándole la vida al hombre, mientras que la serpiente se enrosca en el manzano, como árbol de la vida. Con el cambio en la historia cultural se expulsó al ser humano del paraíso. Según la cábala sólo se podía lograr el paraíso terrenal por medio de la reunificación de ambos sexos. Incluso Dios debía reunirse con su pareja, la Eva celestial llamada “Shekina”. El reunirse con la fuente original femenina parece ser un paso esencial en el camino. Lo que está pendiente en la historia contemporánea lo llamo yo la cultura de igual a igual. Ese pensamiento libre lleva en su interior una imagen de la relación de pareja, que ya no está unida a condiciones, sino que se ejecuta en el camino de dos seres que se aman libremente, que en su camino del amor podían incluir a muchos otros hombres y mujeres. Ese tipo de fidelidad procede de la mirada libre y compasiva hacia el mundo y de una comprensión profunda de ello.

Mi anhelo biológico de comunidad
En la historia antigua el hogar era el nudo social y lugar sagrado de una comunidad. La mujer era el polo no sólo para un hombre y sus hijos, sino para toda la tribu. Hay un anhelo arcaico original y elemental en mí, que pide comunidad. Pide formas de vida que estén de nuevo integradas en un contexto más amplio. Parece que hay en mis células una memoria original, que me recuerda una forma antigua de la convivencia matriarcal, en el que el hogar era el centro de la comunidad, y con ello también el polo social y religioso para el florecimiento de toda la comunidad. Quiero vivir en una comunidad con hombres y mujeres, con niños, animales y plantas para no estar obligado siempre a ocultar mi imagen real ante los otros. La percepción y el contacto son fuentes de vida, tan elementales, como la respiración. Si me está permitido esto, entonces me gusta ser mujer, porque entonces lo pudo ser en toda su amplitud. Mi realización como mujer siempre tuvo lugar en una comunidad. Este anhelo básico biológico vive aún hoy en mis células. Bajo las condiciones sociales actuales me veo forzada, a comprimir en formas demasiado pequeñas ese anhelo de contacto, de duración y de fidelidad. Para que puedan desplegarse el amor y el Eros que corresponden a mi feminidad real, se necesita comunidad. Y que sea una comunidad amorosa más grande, que se base en la confianza. La nueva cultura humana de paz depende de nuestra capacidad, de construir comunidades que funcionen. Es extraño que los seres humanos puedan vivir sin comunidad. En la civilización patriarcal occidental, han sido arrancados de las relaciones naturales universales de la tribu. Las comunidades de los tiempos modernos fracasan siempre en el tema del amor. Siempre fracasan por el tema irresuelto de la competencia y de los celos.

Soy un ser sexual
En las civilizaciones anteriores estábamos todos unidos a la Madre tierra, a cuyo servicio estábamos todos. A esa unión con la creación la llamábamos amor. Todos nosotros éramos una familia coherente, todas las relaciones amorosas tenían lugar en la unión con la gran totalidad. No había relaciones amorosas privadas.

Y con esto, llego al punto esencial de mí ser mujer que fue más reprimido y negado. Es el punto de la sexualidad. “Soy una mujer. Y puesto que soy una mujer, soy un ser sexual. Y soy con gusto un ser sexual”. Esta declaración, hecha por una mujer, necesita aún hoy de un coraje revolucionario, que sólo existe rudimentariamente en algunas pocas mujeres, aunque supuestamente vivamos en la época de la llamada liberación sexual.

Salgamos de la vergüenza. Salgamos del miedo a la violencia. Salgamos del miedo a la represión y al castigo. Salgamos de la falsa moral. Salgamos del miedo a la envidia de las competidoras. Salgamos del concepto de las normas de la industria de la belleza. Salgamos del concepto de religión de la civilización patriarcal. Salgamos de la imagen antigua del amor. Salgamos de la impotencia ante el hombre. Salgamos de la comparación sexual y la presión de rendimiento.

Apenas queda nada que no se tendría que dejar atrás para poder hacer esa declaración libremente y sin una secreta mala conciencia. Hay un miedo ancestral a la sexualidad, que se halla históricamente en las células femeninas, desde el origen del patriarcado. La dimensión del miedo aumenta enseguida, si su afirmación sexual no está solo unida a un hombre. Las imágenes de la violencia, la aniquilación y la destrucción de todos los elementos femeninos, los actos cruentos sexuales de una historia torcida entre el hombre y la mujer, aún yacen hoy en día en las células de la mujer como miedo sedimentado, en cuanto se acerca el tema de la sexualidad. La crueldad y el miedo a ella no se hallan en la sexualidad misma, sino que son la consecuencia de una sexualidad reprimida que ha sido dirigida erróneamente durante miles de años.

Soy una mujer y soy con gusto una mujer. Soy una mujer y con ello un ser sexual, y como ser sexual soy una mujer que se relaciona en unión sensualmente amorosa con varios hombres y con ellos quiere unirse espiritual- mental, sensual y voluptuosamente”. A veces es difícil de comprender, cuánto coraje para la verdad necesita tal declaración en nuestro tiempo actual. Se necesita la superación del miedo a las mujeres y a los hombres. Por ejemplo algunas mujeres podrían pensar: “Ahora se requiere no sólo estar ahí para el que le toca, sino que además tiene que sacrificarse para muchos. Así surge una dependencia aún mayor”. En esa declaración muchas mujeres sienten un sabotaje a la libertad e independencia a la que aspiran. El desengaño por los hombres y el odio surgido de ello hacia los hombres ha crecido tanto, que muchas mujeres no quieren enfrentarse con la atracción erótica entre hombres y mujeres. Vengarse del hombre tiene para ellas una fuerza mayor que el deseo, de servir a la paz entre los sexos. No saben aún, que justo por el contacto sexual satisfecho las ideas de sumisión o las fantasías de violencia se transforman en imágenes de verdadera compasión y contacto. Del contacto sexual satisfecho surgen las mujeres verdaderamente libres.

Mi idea de la pareja con el hombre
Son pocas, las que pueden estar conforme a esto, en el sentido de una verdadera emancipación de la mujer. Sólo unas pocas pueden imaginarse, que una mujer – en un sentido libre e independiente – pueda desear un contacto erótico total con el hombre. Es el deseo libre de una mujer, el entrar en una pareja con el hombre, en la que ni se somete, ni evita al hombre, ni se coloca en un nivel superior a él. Tan cierto como que soy un ser heterosexual, digo como mujer: necesito al hombre. Pero no lo necesito ni como tirano, ni como calzonazos, ni como dominador, ni en su antiguo papel didáctico. Deseo que sea un amante sensual realmente potente, que conozca el amor sensual. No me voy ni a someter, ni a ponerme en un nivel superior haciendo de madre, pues ambos papeles no satisfacen mi verdadero anhelo sensual. Y no lo voy a ligar a mí por artes falsas, pues he tenido la experiencia en los últimos siglos, de que la extorsión en el amor destruye, justo aquello que al principio habíamos amado en el otro. Me ocuparé, de que el encuentro originalmente libre y voluptuoso con los hombres sea posible, como lo deseo desde hace miles de años. El Eros es libre por naturaleza y no se deja dirigir por trayectorias artificiales. La iluminación, que busco, no tiene lugar en el más allá, ocurre en mis células, es terrestre y elemental, y es de naturaleza sexual hasta el fondo. Invoco aquí un antiquísimo conocimiento mistérico femenino, que vuelve poco a poco a la luz de la memoria y que en los tiempos actuales, tiene como efecto un cambio natural. Pero este cambio sólo puede ejecutarse, cuando nuestra fuente sexual natural, como fuente de conocimiento y de amor universal, se vuelve a consagrar.

Las amistades y la fidelidad, que además deseo del hombre, se producen por medio de una fuerza diferente de la de la extorsión y las falsas leyes. Por supuesto apoyaré a los hombres, mostrándoles lo que amo y deseo de ellos, y lo que no. La entrega real, también la vivida entrega sexual al hombre no me hace dependiente, sino libre. Entré en una relación exclusiva y demasiado íntima y en una exigencia de amor personal al hombre, por resignación. El Eros, sin embargo, exige una apertura y participación en el mundo sensual que rebasa las barreras del matrimonio. Porque las mismas leyes del erotismo tienen una fuerza anárquica, que dinamitan todas las leyes. Del reconocimiento sensual del otro sexo y del reconocimiento de la realidad erótica, surge un amor profundo entre el hombre y la mujer, que ya no vive de la prohibición y los límites. Una revelación cada vez más extensa entre ambos, hace posible ese camino de reconocimiento, que lleva a una fidelidad más profunda de lo que era posible en el sistema del matrimonio basado en la exclusión de los otros.

Conocimiento sexual original
Hay un aspecto en la sexualidad, al que hemos dado forma en antiguas civilizaciones, por medio de nuestra unión íntima con la naturaleza y la diosa. Había rituales de fertilidad, en los que hemos celebrado el Eros por si mismo, como fiesta cósmica y agradecimiento cósmico a la Madre Tierra. Se practicaban rituales de fertilidad y se representaban públicamente, en los que, las mujeres mostrábamos nuestro deseo sensual y estaba permitido manifestarlo. No era una revelación sensual ante un hombre privado. Era una fiesta del templo, en la que devolvíamos nuestra sensualidad, en forma de agradecimiento, a la Madre Tierra. De igual modo, los hombres no realizaban el acto sexual con nosotras personalmente, sino que era un servicio y agradecimiento a la diosa. Una mujer que intentara ligar a un hombre a sí misma personalmente en el templo del amor, habría fracasado en su servicio a la diosa.

Ese tipo de encuentro sexual elemental, sencillo e imponente entre hombres y mujeres, se reprimió en nuestra civilización. El amor y la sexualidad se separaron. Así surgieron históricamente por un lado el romántico y cortejador de las mujeres, el Minnesänger, que quería venerarlas convirtiéndolas al mismo tiempo en intocables. Por otro lado, surgió el delincuente sexual, que quería seguir las fuerzas originales del Eros prohibido. La prohibición del aspecto sagrado y voluptuoso al mismo tiempo condujo a las formas del sadismo y del masoquismo hasta llegar a la violencia real, que se extiende como un rastro sangriento de violencia inenarrable por toda la historia patriarcal.

La deseada realización del amor en todos sus aspectos, necesita la integración de los aspectos sagrados de la misma sexualidad. Y necesitamos de nuevo formas de comunidad naturales, en las que poder vivir esa verdad. ¿Qué cambio histórico-cultural podría ejecutarse, si invirtiéramos nuestras fuerzas curativas en la creación de comunidades, en las que la base fuera la confianza en vez del disimulo, de manera que pudiéramos vivir según la realidad erótica? ¿Cuánta gasolina se va a gastar en la búsqueda de contactos eróticos? ¿Cuánto consumo compensatorio se necesitará para poder acallar el deseo erótico?

Como mujer existe en mí tanto la realidad sexual como la realidad sagrada. ¿Cómo pudimos permitir, que la verdad y la realidad sexual mientras tanto fuera desplazada de la religión? Querría poder adorar el carácter sacro y sagrado de la vida misma, con todo el deseo en la entrega, que me es propio. Por supuesto que me gustaría amar y adorar las fuerzas masculinas. ¡Qué imagen de realización entraría en acción, si me estuviera realmente permitido entregarme con toda confianza al hombre, sabiendo que no se abusaría de esa capacidad de entrega! Mi anhelo religioso femenino no necesita ni iglesias, ni altares. Las religiones patriarcales han surgido de la represión de la realidad erótica y sexual. Era una herramienta de poder contra los plenos poderes eróticos de las culturas femeninas. Su representación simbólica son Eva y la serpiente, que fueron expulsadas del paraíso por el dios masculino y condenadas al mal. Sin embargo, existe un componente sagrado en la vida misma, que no se deja expulsar, que ha perdurado a través de los miles de años de aniquilación y represión.

Una monja escribió al comienzo del siglo XIX:
Es suficiente, con elevar el espíritu hacia Dios, y ya no hay acción pecaminosa, sea la que fuere… Amor a Dios y al prójimo son los mandamientos superiores. Un hombre que con la ayuda de una mujer se une a Dios, obedece ambos mandamientos. Igualmente hace el que eleva su espíritu a Dios y encuentra placer con un ser humano de su mismo sexo o encuentra placer consigo mismo… En consecuencia, lo que de forma errónea se ha llamado impuro, es la verdadera, pureza dispuesta por Dios, sin la que ninguna persona puede alcanzar ningún conocimiento de él”.
Esta cita es la expresión, de cómo se pudo seguir conservando el conocimiento matriarcal original a través de los siglos a pesar de toda la enajenación y las persecuciones de la Iglesia y la Inquisición.

Es ese conocimiento sexual original, el que ahora de forma vehemente, quiere volver a tomar la palabra. Como mujer me voy a desarrollar en la historia de la cultura, para ser un órgano poderoso en el cuidado de la Madre Tierra. Voy a encargarme, de que para esas relaciones pueda producirse un campo y una conciencia espiritual-mental en muchas mujeres. La tierra es tan corporal como lo somos nosotros. Se trata de un conocimiento corporal. Un conocimiento celular que, podemos volver a invocar para esta Tierra, estando vigilantes del modo correcto, con la correcta percepción y presencia mutua, y con el ingreso en la presencia sensual. Desde esta conciencia se desarrolla un concepto ecológico completamente nuevo.

Reencuentro de la confianza original
Aquí entra en acción una confianza original que habíamos perdido hace tiempo. Es la confianza original en las fuerzas elementales de la naturaleza misma. Desde esta confianza es posible ligarse a esas fuerzas que nos garantizan su protección. En la unión con estas fuerzas se esconde una gran posibilidad de realización. Me exige, ponerme al servicio de la Tierra con todas las criaturas que la habitan, y ello a pesar de todas las grandes fuentes aniquiladoras, que aumentan cada vez más en la época histórica del final del patriarcado en el siglo XX.

En este sentido me puedo unir con gusto al dicho bíblico: “Sígueme, porque estoy contigo cada día hasta el fin del mundo”. En este caso no sigo a ningún gurú, sino que me doy con completa confianza a los aspectos vivos de la Tierra, de la diosa. Imaginemos, la confianza sensual que se extiende en nuestras células, cuando podemos seguir la frase, de manera que no se introduzca entremedio ningún miedo, porque somos capaces de mirar las fuerzas de crecimiento protectoras de la naturaleza animada y nos podemos unir a ellas percibiéndolas corporalmente.

De esa mirada surge un espíritu investigador, por el que me siento desafiada como mujer, a desarrollar y crear contextos vitales, que vuelvan a crear de nuevo la base de esa confianza original biológica. Esto, por supuesto, sólo puede ocurrir teniendo en cuenta y afirmando la realidad sexual. Mientras las mujeres tengan que oponerse contra esa realidad sexual por miedo, ésta se opondrá en contra de toda la realidad material, y experimentará las fuerzas elementales de la vida como una amenaza, de la que se tendrá que proteger. Sin embargo, si nos estuviera permitido seguir completamente ese rastro, llegaríamos a un conocimiento celular básico de nuestras células femeninas. Éstas, contienen las informaciones básicas en sí mismas para nuestra satisfacción. Es como el recuerdo de un sueño arcaico original, de un estado original de la historia, en la que se soñó con anterioridad con una cultura para la paz.

Desde la base de esa contemplación nueva estoy en el camino, como ser histórico mujer, de encontrar una nueva relación conmigo misma. Dejarse guiar, pero esta vez no por los caudillos, tampoco por las leyes prescritas por el patriarcado, sino por las fuerzas de crecimiento universales y las fuerzas guía, que habitan en el interior del sueño original paradisíaco de la Tierra, y de la materia misma. En este sentido, mi libertad y mi necesidad consisten en ponerme al servicio de la Madre Tierra.

One thought on “Me gusta ser una mujer

  1. Buenas, he escuchado a Sabina en una escuela de verano, la he interpelado algunas cuestiones sobre la luz de la mirada, leo el boletín semanal y ahora este blog. No tengo claro el cómo vivir el amor libre. Sabina se refiere siempre a una guerra entre sexos pero poco he escuchado el tema de la igualdad de condiciones entre hombres y mujeres, además del tema del poder que se ejerce y lo tenemos impregnado en nuestras lógicas y formas de relacionarnos. Otro tema es el del ego, tendremos que trabajarlo profundamente para que las relaciones en el amor libre sean trasparentes. En fin más dudas que certezas.
    Desde luego vivimos épocas de cambio y ya no nos vale ese amor romántico que vive su pasión y se apaga, como mujeres queremos construir otras formas de relacionarnos y otras formas de amar desde la libertad en donde lo erótico y la creatividad sean el pan cotidiano.
    Gracias por sus provocaciones,
    Mercedes

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