La historia patriarcal no es toda la historia.

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Deberíamos cuidarnos de identificarnos con la imagen del ser humano en la era patriarcal.

La época patriarcal ocupó un espacio de cinco a siete mil años y es con ello sólo una parte relativamente pequeña de la historia total de las personas. Antes de esa época había muchas culturas más primitivas, pero también había culturas en la Tierra de un tipo muy distinto y mucho más desarrolladas. El que sean relativamente poco conocidas en la investigación de la historia y la arqueología actuales es debido a que han dejado pocos restos materiales. Disponían de tecnología intelectual que les ahorraba el esfuerzo material de nuestro tiempo. Vivían en comunión completa con el mundo cósmico divino y disponían en consecuencia de fuerza y de posibilidades que en los tiempos posteriores se fueron perdiendo y que tuvieron que ser sustituidos por herramientas, máquinas, edificios, ordenanzas, leyes y técnicas de comunicación.

Deberíamos cuidarnos de identificarnos con la imagen del ser humano en la era patriarcal. Deberíamos dejar la costumbre de remitir a la historia del último par de centurias o siglos y de decir: “¡Mirad! ¡El ser humano siempre ha sido así!”. Porque lo que vemos aquí no es en realidad el ser humano, sino una variante muy específica del mismo. Entre las muchas posibilidades de la existencia humana en la tierra sólo se realizaron las que bajo las condiciones de la violencia poseían las mejores ventajas evolutivas. Se puede entender inmediatamente que en este caso no podía nacer la mejor especie de ser humano y de cultura humana. Y junto a todas las heridas y daños que hemos padecido en esta era, aún vive en nosotros un alma y entelequia divina no herida, la Matriz eterna del ser humano. Somos seres cósmicos y no vivimos sólo en esta vida. Disponemos en nuestro interior, cuando volvemos a nuestra comunión cósmica de todas aquellas fuentes de conocimiento y de fuerza que se conocían antes de la era patriarcal y que ahora vuelven a ser descubiertas en un plano nuevo. Hoy, pocas décadas antes del final del patriarcado, nos podemos distanciar de esa época y contemplar con calma lo que ocurrió en esta etapa y al mismo tiempo lo que ocurrió con nosotros mismos. Podemos decir la verdad, no necesitamos usar palabras que le quiten importancia porque nos estamos equipando para un tiempo completamente nuevo. Tenemos que hablar claramente porque estamos en un viaje cósmico y tenemos que aprender a entender lo que pasó en Kosovo, en Auschwitz, en Vietnam, en las Cruzadas y en los procesos contra las brujas y porqué han pasado. Tenemos que comprenderlo y construir después un mundo en el que no ocurran cosas así. Tampoco necesitamos proteger la vida que hemos llevado hasta ahora porque ya no se trata de condenar. Hemos participado en todo ello, no podíamos actuar de forma diferente y por ello llevamos las huellas y las cicatrices de esa época en el cuerpo y en el alma. Pero también tenemos a Dios en nosotros que nos da la capacidad de reconocer las cicatrices y de curarlas.

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